Clamor al viento, parte I

Acabas de colgar una llamada con alguien con quien no hablabas en un rato. Y lo primero que te pregunta es «¿Cuánto tiempo tienes en España?», al responderle «desde enero», la respuesta de sorpresa «¡¡Casi un año!!». Inmediatamente después, lees un artículo que habla de los inmigrantes venezolanos y te encuentras con una de esas frases lapidarias: «Ellos [los nacionales] son afortunados de no sentirse culpables cada vez que van al supermercado». Y, sí… Es normal que los ánimos se te van al suelo sin darte cuenta.

En esa barrena que es tu cabeza en este momento, te detienes a pensar un poco y dices «Bueno… Es lo que hay, ¿No? Decidiste irte del país porque quieres buscar mejores oportunidades. Entonces, ¿Por qué el ratón moral? ¿Porque tu gente se quedó allá? ¡¿Qué más quisiera que meterlos a todos en un container y traérmelos?! Aunque probablemente eso me traería problemas y un ratico en la cárcel por tráfico de personas»

Quizas es un cliché balurdo -en realidad, es un cliché balurdo- eso de «lejos pero no ausente». Pero la triste realidad es que no terminas de desligarte de Venezuela. Aún si estás ocupándote de tus cosas, te escuchan el acento (en mi caso, al estar en un país de habla hispana, no hay demasiada escapatoria) y al responderle «De Venezuela», siempre te dan una mirada de pena y te dicen alguna variante de «La vaina está jodida allá, ¿No?». Si a eso le sumas que te llaman todos los fines de semana y te ponen a hablar hasta con el perro (literal… mi sobrino me dice «te paso a Arguitos», y le pone el teléfono en la oreja al perro). Y lo único que escuchas es variantes de «la vaina está jodida acá, chamo». Entonces, y muy a tu pesar, no te puedes desligar del todo.

Al final de todo el caos y lo trepidante de los primeros meses en otro país, empiezas a crear tu espacio, te empiezas a acomodar en él y te creas tu nueva zona de comfort. Pero esos meses que transcurren en ese proceso son eternos. Y no todo el mundo tiene estómago para esas cosas. Conozco casos de personas que siguen aferradas a eso que dejaron, al «soy desierto, selva, nieve y volcán». Y te das cuenta que el venezolano no estaba acostumbrado a emigrar. Si a eso le sumas el chauvinismo ridículo y el «Es que somos el mejor país del mundo», entonces tienes ese cóctel que te hace pensar que quizas merezcamos el estar en la situación en la que estamos.

En fin, esa mezcla de sentimientos, de pensar «Cosechas lo que siembras» e inmediatamente después «Pero, ¿de pana alguien se merece pasarla tan mal?», eso de que se te ponga el corazón en un puño cuando tu tía de 90 años te pregunta «¿Y vienes en navidad?», porque quizas esta sea su última nochevieja (aunque la señora Ruperta es más dura que el odio, así que espero me llegue a los 100 así de vivaracha y lúcida)… Todas esas vainas del migrante.